Con las vidrieras del microcentro llenas de corazones y promociones por el Día de San Valentín, la fecha invita a algo más que al regalo o la salida romántica. Invita a pensar los vínculos. ¿Qué buscamos cuando nos relacionamos? ¿Por qué sufrimos tanto por amor? ¿Y por qué, al mismo tiempo, tenemos tanto miedo a sufrir? Para la psicóloga tucumana Carmina Varela (MP 1.213), la respuesta está atravesada por un cambio generacional profundo y por el impacto que las redes sociales tienen en la manera de vincularnos. “Hay hoy tanto miedo a sufrir que la gente no se anima a apostar a una relación y a enamorarse”, advierte la profesional a LA GACETA. 

Varela marca una diferencia clara entre generaciones. “En las personas de 40, 50 o 60 años para arriba estaba implícito que en una relación amorosa uno iba a sufrir, iba a tener que ceder. El amor venía asociado a pelearla, a aguantar. ‘Contigo pan y cebolla’, hasta que la muerte nos separe”, describe. Durante décadas, el modelo fue el del sacrificio romántico. La idea de que amar implicaba soportar, resistir y, muchas veces, callar. Pero hoy, sobre todo en los menores de 30, el péndulo parece haberse ido al otro extremo. 

“Hay un individualismo muy fuerte. Si no es placentero, si no se adapta a todo lo que quiero, si no llena mi lista de requisitos, entonces no”, señala. El problema, explica, es que entre el sacrificio absoluto y el descarte inmediato se pierden herramientas fundamentales para construir vínculos sanos.

La era de la satisfacción inmediata

Para la especialista, el contexto tecnológico no es un detalle menor. “Los teléfonos y las redes han ido formateando nuestro circuito interno de gestión de emociones. Nos acostumbramos a la satisfacción inmediata”, afirma.

En una cultura donde todo está a un clic (desde un video hasta una cita) se vuelve más difícil tolerar la frustración, el conflicto o la espera. “No hay espacio para aburrirse, no hay espacio para la diferencia. Y una relación saludable necesita conflicto. Necesita que podamos no estar de acuerdo”.

En Tucumán, donde la vida social sigue siendo intensa -familias grandes, encuentros, sobremesas largas-, el deseo de vincularse sigue presente. Pero convive con una nueva lógica: la de los “likes”, los fueguitos y las respuestas inmediatas. “Si alguien no me contesta un mensaje durante dos horas, ya pienso que no le intereso. Si me pone tres fueguitos, creo que está interesado. Hay demasiada sobreinformación y muy pocos recursos para gestionar lo que sentimos”, sostiene.

Por qué sufrimos por amor

Según Varela, el sufrimiento amoroso tiene, al menos, tres raíces. La primera está en las experiencias tempranas. “Nuestros primeros modelos de amor son nuestros padres o cuidadores. Si de niños nos sentimos abandonados, no validados o crecimos en contextos donde ciertas conductas eran naturales, eso influye en cómo vamos a vivir nuestras relaciones de adultos”.

Aclara que no se trata de una condena irreversible, pero sí de patrones que pueden repetirse. “Si sistemáticamente me pasa lo mismo en mis parejas, ahí hay que poner un semáforo amarillo y revisar qué aprendí sobre el amor”.

El segundo nivel tiene que ver con las creencias y expectativas. “El amor es… Los hombres son… Las mujeres son…”, enumera. Esas frases que cada uno completa desde su historia y que luego condicionan su manera de vincularse.

Y el tercer punto es la falta de recursos emocionales. “Tenemos que desarrollar habilidades: gestión de emociones, comunicación asertiva, límites claros y autocuidado”, insiste.

Para la psicóloga, el gran mal de esta época es que “pareciera que hablamos de todo, pero no lo pasamos por el cuerpo”. Se dicen cosas, pero muchas veces desde el reproche o el diagnóstico rápido, no desde la vulnerabilidad.

“No es lo mismo decir ‘estoy harta de que hagas siempre lo mismo’ que decir ‘esto me duele, me pone triste’. Cuando hablamos desde lo que sentimos, la respuesta del otro es distinta”.

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Redes sociales y autoestima

Otro factor es el impacto de las redes en la autoestima. “Cuanto más chicos son, más daño generan. La identidad está cada vez más determinada por lo que pasa en redes”, advierte. Los adultos tampoco quedan exentos. “Hoy parece que hay que ser exitoso, fitness, saludable, tener buena salud mental, un grupo de amigos perfecto. Hasta la salud mental se transforma en una exigencia”, señala.

Frente a ese mandato de perfección, Varela propone un movimiento contracultural: valorar lo imperfecto, animarse a mostrarse auténtico y no desde un personaje diseñado para agradar. “A veces cuando más te obsesionás con que alguien te elija, más repelente resulta. En cambio, cuando te animás a ser genuino, encontrás del otro lado personas cansadas del careteo y con ganas de hablar en serio”, sostiene.

Red flags y responsabilidad

Consultada sobre las famosas “red flags”, Varela es cauta. “Si no sabés quién sos, qué querés y cuáles son tus límites, no vas a saber distinguir qué es una señal real de alarma y qué es parte de tu imaginario”. Para ella, una alerta verdadera aparece cuando algo fue planteado con claridad -un límite, una necesidad, una forma de comunicación- y la otra persona insiste en ignorarlo.

“La primera vez puede ser responsabilidad del otro. La segunda y la tercera ya son responsabilidad mía si me sigo quedando ahí”, afirma.

¿Enamorarse o amar?

En el debate eterno, la psicóloga también marca una diferencia entre enamoramiento y amor. “El enamoramiento tiene una base biológica muy fuerte. Hay neurotransmisores y hormonas que se activan en los primeros meses y que naturalmente tienden a bajar”, explica.

Para sostener una relación en el tiempo, hace falta algo más: proyecto compartido, empatía, intimidad emocional. “Cuando la adrenalina baja y la otra persona ya no te parece perfecta, si aun así podés seguir apostando a ese proyecto común, ahí hablamos de amor”, define.

En definitiva, el desafío para los tucumanos -y para cualquiera que quiera construir un vínculo- no es evitar el sufrimiento a toda costa. “El extremo patológico es quedarme en lugares donde sufro y no poder salir. Pero el otro extremo también es problemático: no animarme siquiera a abrirme a conocer a alguien por miedo a salir dañada”, concluye.